Hoy quería imaginar una escuela en la que quienes la ocupen aprendan a vivir en un contexto plural y subjetivante, que socialice desde una identidad diferencial viendo al otro como diferente, aceptándolo y apreciándolo: anudando experiencias.
Una escuela a la que vuelvo
la mirada para descubrir nuevos atajos desde miradas cordiales suscitando
acercamiento e implicación.
Problematizar sobre este
siglo en el que se ponen en funcionamiento masivo una serie de dispositivos que
hacen imposible la experiencia, que falsifican la experiencia o que permiten
desembarazarnos de toda experiencia. Largo tiempo se pensó que socialización y
subjetivación se engendraban naturalmente mediante la propuesta de modelos
fuertes que definían “personajes sociales”
lo cual ya no es aceptable en función de una serie de elementos que
cuestionan una norma escolar. El primero de ellos es la instalación de un
vínculo estratégico con los alumnos, el segundo el desajuste entre las
expectativas de alumnos y de profesores relacionado con la masificación y
autonomización de la vida juvenil y el tercero es la incertidumbre del modelo
cultural de la escuela que llama a figuras del individuo ampliamente
contradictorias.
La experiencia de los
escolares aparece como fuertemente estructurada por la preocupación,
institucional e individual, de integración.
Por lo tanto, la propuesta sería pensar lo que puede ser la experiencia o lo
que puede significar, reivindicar la experiencia o los lenguajes de la
experiencia en el campo pedagógico después de esta imposibilidad. Hace falta
promover nuevas miradas hacia lo contemporáneo atentas al devenir que favorezca
la construcción de una nueva posición educadora acorde con condiciones
históricas siempre cambiantes (impacto de nuevas tecnologías, de la forma de
construcción de conocimiento, de los procesos de identificación infantiles).
Entonces, si la escuela
común, el currículum único, el aula estándar con todos los dispositivos que en
ella encontramos han sido herramientas por medio de las cuales las políticas
educativas han procurado instituir lo común, el debate se abre sobre lo común.
Un currículum en el cual lo común ya no significa lo mismo, sino apertura a la
diversidad de las experiencias humanas que no se resuelven con una mera
sensibilización hacia las diferencias, sino con el debate y la promoción de un
proyecto formativo que prepare a los alumnos para vivir en sociedades
culturalmente pluralistas. El proceso de cambio no debe perder el sentido del
fin común y el compromiso con él.
La propuesta: problematizar lo ya sabido; este
movimiento exige además de una posición crítica acerca de la realidad escolar o
de nuestros saberes sobre esa realidad, poner en cuestión nuestra propia
percepción de la escuela, nuestra mirada y los propios saberes. Esto implica
promover otra mirada, hacer otras preguntas, establecer otras relaciones, es decir hacer un acto de
interrupción que deje marcas.






